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viernes, 2 de diciembre de 2016

Reflexiones

Somos contradicción


Qué difícil es no caer en ninguna contradicción. Y qué suplicio debe ser vivir tachando incoherencias al ritmo de lo que dictamine la sociedad. Porque ahora si eres hipster no puedes ver telebasura; si eres pijo no puedes comprar en bazares chinos; si eres friki no puedes escuchar a David Bisbal; y un largo etcétera de combinaciones que no hacen otra cosa que restringir el libre albedrío.

La semana pasada estaba terminando de dibujar en Illustrator la popular rosa de la película La bella y la bestia (EE.UU. 1991. Dir.: Gary Trousdale, Kirk Wise) para mis tiendas online de camisetas, cuando se me cruzó por la mente una idea que ya había asumido tiempo atrás: algunas películas de la factoría Disney son sexistas. Mientras retocaba mi diseño me invadió una sensación amarga dialogando internamente: "He crecido viendo películas de esta industria, forman parte de mi infancia y sin embargo transmiten mensajes machistas con los que estoy en total desacuerdo. Haberlas visto no me ha hecho comulgar con esa ideología. Al fin y al cabo, yo no recuerdo ser capaz de hacer una lectura moral de La bella y la bestia como la que hago ahora y sí de cantar todas las canciones de la película. Pero la realidad es que considero indefendibles ciertos valores de los clásicos Disney, aunque el pasado agosto vi Aladdin (EE.UU. 1992. Dir.: John Musker, Ron Clements) y a raíz de dibujar la rosa me muero de ganas de ver de nuevo a Lumière, Ding Dong y compañía". Entré en un bucle -soy experta en ellos- en el que yo sola me atacaba y me defendía porque... Et voilà! No se puede disfrutar viendo películas Disney y ser feminista. Y seguramente eso es lo más coherente pero en mi caso no se cumple.

Terminé el diseño sintiéndome (bastante) hipócrita y le seguí dando vueltas hasta que decidí parar y quedarme con el mensaje que guardé en mi niñez sobre La bella y la bestiala belleza está en el interior. Fue el recuerdo de esta frase lo que me inspiró dibujar la rosa y es lo que quiero que simbolice para el que quiera llevarla en camiseta.

Resultado final de mi diseño "Beauty and the Beast".

  • El post se titula Somos contradicción por la canción "Somos" de Rozalén, que en su estribillo dice: Somos contradicción y mucho del qué dirán; soy todo lo que fui, lo que tengo; soy sólo lo que sólo hoy, hoy sólo soy

jueves, 18 de febrero de 2016

Reflexiones

Hace ya varios años vi el episodio número 18 de la primera temporada de Modern Family titulado Starry Night (Noche estrellada) y me encantó lo que Mitchell le decía a Manny: ¿Sabes lo más curioso de los jóvenes? Durante años y años todos tienen un miedo atroz a ser distintos en lo que sea hasta que, de repente, casi de la noche al día, todos quieren ser distintos. Y ahí salimos ganando.
Jay (Ed O'Neill), Manny (Rico Rodriguez) y Mitchell (Jesse Tyler Ferguson) en Starry Night (Modern Family).

Por casualidad, hace un par de semanas me encontré haciendo zapping con la reposición en Neox de este episodio justo en este mismo momento. Y volví a coincidir con las palabras de Mitchell. Yo misma recuerdo querer llevar mochila con carro cuando los demás la usaban o tener el estuche que estuviera de moda. Creo que es algo lógico. Cuando somos niños no tenemos desarrollada nuestra personalidad y ante la falta de referencias propias, apostar por lo que elige la mayoría parece la opción más segura para sentirnos integrados.
Y efectivamente, de repente, todos queremos distinguirnos del resto, ya sea a través de un móvil nuevo, de un estilo de vestir alternativo o incluso mediante nuestra forma de hablar o de escribir. También entiendo que ocurra ésto. La adolescencia es una época de cambios y de autodescubrimiento en la que todos queremos marcarnos metas propias y recorrer nuestro camino.

Mi comprensión se acaba cuando la necesidad de sentirse distinto pasa por despreciar al que no lo es. Tan respetable es que tus gustos sean compartidos con una mayoría como que sean minoritarios. Lo importante es que siempre podamos decidir sin sentirnos ni un borrego ni un bicho raro. Nuestras aficiones no son las que nos hacen especiales; disfrutar de lo que nos hace felices sin importarnos las etiquetas es lo meritorio.
Mitchell habla de las dificultades que afrontan los niños que son peculiares y su discurso es esperanzador porque predice que con el tiempo éstos serán más auténticos que aquellos que luego se esfuercen en diferenciarse del resto. En esencia, creo que el mensaje que lanza este capítulo de Modern Family es la importancia de ser fiel a uno mismo, pasando por encima de la tendencia a ser iguales en la niñez y a diferir en la juventud.

viernes, 25 de septiembre de 2015

Reflexiones



Cualquier tiempo pasado nos parece mejor


 
Los seres humanos somos muy contradictorios. Nos ponemos nostálgicos a menudo recordando los juguetes con los que nos divertíamos en nuestra infancia o las series de dibujos animados que veíamos, e incluso ponemos muecas de cariño al recordar la tecnología que usábamos antaño. Pero luego nadie propicia que su hijo pequeño juegue al pilla-pilla, en la televisión se emiten mayoritariamente series en 3D y queremos tener el móvil con la pantalla más grande posible. Es decir, nos gusta recordar el pasado pero luego que se quede donde está, que no se mueva de ahí ni perturbe nuestro presente.

¿Qué nos ocurre entonces? Si consideramos que era más sano jugar con tus amigos en la calle con una pelota, ¿por qué comprarle a los niños videoconsolas y tablets? Si series como Heidi, Oliver y Benji o Delfy y sus amigos funcionaron para transmitir valores educativos, ¿por qué realizar series protagonizadas por niños que actúan como adultos? Y si fuimos felices con televisiones sin mando a distancia y con móviles que prácticamente sólo servían para llamar, ¿por qué estamos obsesionados con poseer aparatos de última tecnología?

Podría pensar que simplemente se trata del idealismo con el que miramos todo o a todos los que nos hicieron felices en un momento dado de nuestra vida, deleitándonos en el terreno seguro de lo que fue y ya no es, que no nos pide nada a cambio. Podría pensarlo; si no fuera porque estoy convencida de que, detrás de esa melancolía por lo vivido, hay un poso de verdad del que podemos aprender. Tal vez la clave esté en buscar el equilibrio entre lo nuevo y lo antiguo. En disfrutar del avance de la tecnología y de la información sin olvidar esas cosas que nunca quedarán obsoletas: jugar en la calle, merendar pan con aceite, hacer un puzzle, ver la televisión en familia.

No perdemos nada por intentarlo. Que el tiempo que nos debería parecer mejor es el presente.