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lunes, 5 de diciembre de 2016

Mis fotos favoritas hechas por Luismi | Top Ten

Hace dos años Luismi descubrió la afición llamada coloquialmente urbex (abreviatura de urban exploration, exploración urbana en castellano), que consiste en localizar zonas abandonadas y acceder a ellas para fotografiarlas. A veces los sitios tienen fácil acceso pero en otros casos es necesario saltar un muro o colarse por una ventana. Por eso es importante tener muy presente dos reglas que tiene este hobby: hay que ser cuidadoso para no causar ningún desperfecto y no se debe sustraer nada de lo que haya allí. Porque los que van de urbex son amantes de la fotografía que buscan capturar con su cámara escenarios increíbles. 

A Luismi y a mí nos gusta desde hace mucho tiempo la fotografía pero no teníamos una cámara buena y nos hemos apañado con la de nuestro móvil. A menudo nos hemos lamentado de la baja calidad de las fotos; ahora creo que cuando pasen los años y las veamos, la nostalgia nos hará el favor de hacerlo con otros ojos y hasta tendrá su encanto la falta de nitidez. Sé de lo que hablo. Hace un mes ¡por fin! nos hemos comprado la cámara que queríamos y este post es una despedida de mis fotos favoritas hechas por Luismi (con el móvil). En treinta días ya me parecen maravillosas. Pronostico que el año que viene las veré llorando, jeje. 

Un apunte: yo no he ido nunca a los sitios de difícil acceso por miedica. Las fotos se han realizado en sitios al aire libre, con la excepción de la casa de Colomera y la de la Cartuja. Y otro apunte: quien quiera ver con más detalle de qué va esto del urbex o simplemente le apetezca ver más fotos de Luismi (que talento tiene. Y muchísimo), puede buscarlo en Instagram con el nombre de _maskman_ o pinchar aquí si no tiene cuenta en esta red social.

1. Vestida de novia en Colomera. 
  • ¿Por qué?: Porque llevo puesto el vestido con el que se casó mi madre hace 30 años y porque me encanta la atmósfera que hay en la escena.


2. Turista en Cenes.
  • ¿Por qué?: Por el color marrón predominante y por la sensación de profundidad que transmite la fotografía. Luismi y yo siempre hemos dicho que nos parece una foto típica de una guía turística.


3. Vestida de gala en la Cementera de Atarfe.
  • ¿Por qué?: Por el contraste que provoca llevar un vestido arreglado en una zona abandonada. En la foto no se aprecia pero había cristales, basura y mucha suciedad. Aún así, mereció la pena.


4. Naturaleza en la Cartuja.
  • ¿Por qué?: Porque, pese a no aparecer la zona que habíamos ido a fotografiar, nos gustó la calidez que le dio Luismi con el retoque a la escena.


5. Novia en la ventana de la casa de Colomera.
  • ¿Por qué?: Porque la fotografía me inspira alegría por el gesto que hay en ella: mirar sonriente una flor y estar asomada a una ventana. 


6. Invierno en Cenes.
  • ¿Por qué?: Porque estoy delante de (según nos dijeron) una mina de oro abandonada.


7. Graffitis en la Cementera de Atarfe.
  • ¿Por qué?: Porque, aunque no lo parezca, ¡estoy a 10 metros de altura!


8. Escaleras en la Cartuja.
  • ¿Por qué?: Porque estoy bajando las escaleras de una casa señorial del siglo pasado


9. Novia en la ventana de la casa de Colomera, 2.
  • ¿Por qué?: Es otra ventana distinta a la de la foto anterior e inspira lo contrario: tristeza, nostalgia; sentimientos bonitos de fotografiar.



10. Apocalipsis en Cenes.
  • ¿Por qué?: Por el cielo, las hierbas moviéndose con el viento y mi cara de pocos amigos, parece que estuviera acabándose el mundo.

sábado, 9 de abril de 2016

La vida se para

La vida se para. Sucede un día cualquiera y todo se te antoja frívolo. Las sonrisas se sienten culpables y el Sol brilla demasiado.

La vida se para. No sólo la de quien nos deja, también la de los que nos quedamos. Lo que antes parecía prioritario, ahora puede esperar.

La vida se para. Y desearías poder rebobinar un momento. Decir corriendo las cosas que nunca dijiste, despedirte con la cruda certeza de que no hay un mañana para ella.

La vida se para. Pero tiene que arrancar y seguir su curso. Aprovechar cada minuto para ser felices es el mejor homenaje que podemos rendir.

Y estas piernas garbosas te recordarán en cada paso; cuando hable y hable y hable tan rebien, también lo haré de ti; me pintaré más los labios y te mandaré los besos que me faltó dar. Porque, aunque la vida se para, siempre vivirás en mis recuerdos.

Yaya y Carmen.

jueves, 18 de febrero de 2016

Reflexiones

Hace ya varios años vi el episodio número 18 de la primera temporada de Modern Family titulado Starry Night (Noche estrellada) y me encantó lo que Mitchell le decía a Manny: ¿Sabes lo más curioso de los jóvenes? Durante años y años todos tienen un miedo atroz a ser distintos en lo que sea hasta que, de repente, casi de la noche al día, todos quieren ser distintos. Y ahí salimos ganando.
Jay (Ed O'Neill), Manny (Rico Rodriguez) y Mitchell (Jesse Tyler Ferguson) en Starry Night (Modern Family).

Por casualidad, hace un par de semanas me encontré haciendo zapping con la reposición en Neox de este episodio justo en este mismo momento. Y volví a coincidir con las palabras de Mitchell. Yo misma recuerdo querer llevar mochila con carro cuando los demás la usaban o tener el estuche que estuviera de moda. Creo que es algo lógico. Cuando somos niños no tenemos desarrollada nuestra personalidad y ante la falta de referencias propias, apostar por lo que elige la mayoría parece la opción más segura para sentirnos integrados.
Y efectivamente, de repente, todos queremos distinguirnos del resto, ya sea a través de un móvil nuevo, de un estilo de vestir alternativo o incluso mediante nuestra forma de hablar o de escribir. También entiendo que ocurra ésto. La adolescencia es una época de cambios y de autodescubrimiento en la que todos queremos marcarnos metas propias y recorrer nuestro camino.

Mi comprensión se acaba cuando la necesidad de sentirse distinto pasa por despreciar al que no lo es. Tan respetable es que tus gustos sean compartidos con una mayoría como que sean minoritarios. Lo importante es que siempre podamos decidir sin sentirnos ni un borrego ni un bicho raro. Nuestras aficiones no son las que nos hacen especiales; disfrutar de lo que nos hace felices sin importarnos las etiquetas es lo meritorio.
Mitchell habla de las dificultades que afrontan los niños que son peculiares y su discurso es esperanzador porque predice que con el tiempo éstos serán más auténticos que aquellos que luego se esfuercen en diferenciarse del resto. En esencia, creo que el mensaje que lanza este capítulo de Modern Family es la importancia de ser fiel a uno mismo, pasando por encima de la tendencia a ser iguales en la niñez y a diferir en la juventud.

martes, 6 de octubre de 2015

Ojalá fuera sólo una película | Capítulo 2

Mi vida sin mí


Sarah Polley, en "Mi vida sin mí".

Desde hace un par de años me obsesiona ser una persona lúcida. Me esfuerzo constantemente por mantenerme con los pies en la tierra, aunque a veces me doy cuenta de que llevo unos días levitando y me reprendo con amargura: no aprendes, si es que no aprendes. El motivo de mi empeño es ser honrada y no cegarme con problemas que, tengan o no tengan solución, hasta ahora no son tan graves como los que afrontan otras personas. Es cierto que uno tiene derecho a ahogarse en su propio vaso de agua sin pensar en nada más y que en ese momento es difícil relativizar; pero cuando se vuelve a la superficie me parece necesario hacerlo.

Despegué mis pies del suelo el jueves pasado cuando derramé accidentalmente el quitaesmalte en el hule y borró el estampado del mismo. Dejé que ese percance fuera el protagonista de mi día y me dediqué a pensar en lo que habría podido hacer para que no sucediese: si no me hubiese puesto a pintarme las uñas, no habría destrozado el hule; si hubiese retirado el hule, nada habría pasado. De acuerdo que puedo irritarme cuando siento que algo ocurre por un descuido tonto pero recrear mentalmente muchas veces un déjà vu en el que salvo un mantel es muy patético. Total, ahí estuve yo el jueves lamentando ese minuto en el que me había convertido en la culpable del borrón en el hule, hasta que sin querer me erigí en la responsable de dejar un rastro de esmalte en la pared al rozarla con mis uñas cuando iba a cerrar la puerta del salón. Rápidamente descendí al suelo. Me dije: ¿Ves? Las cosas pasan y si vas a darle tanta importancia a cualquier historia de éstas, no vas a dar abasto.

Por mucho que tropiece voy a seguir intentando valorar con inteligencia lo que merece mi preocupación y lo que no. Si algo aprendí cuando vi la preciosa película de Isabel Coixet que da título a esta entrada es que hay que buscar la felicidad día a día en lo que nos rodea porque un día podemos recibir malas noticias de esas que sí son alarmantes. Y la vida va a seguir su curso. Y en mi vida sin mí seguiría esa pared y ese hule manchados. ¿Y  qué? Me importan más las personas a las que dejaría que cualquier tipo de destrozo material.

Me he puesto unos zapatos con pesas para procurar no distanciarme de nuevo de la realidad. A ver cuánto me duran. Que mientras mi vida cuente conmigo, sólo quiero aprovecharla.

  • Película que da título al post: Mi vida sin mí (My Life Without Me). España. 2003. Dir.: Isabel Coixet. Puedes saber más datos sobre esta película consultando su ficha en filmaffinity

viernes, 25 de septiembre de 2015

Reflexiones



Cualquier tiempo pasado nos parece mejor


 
Los seres humanos somos muy contradictorios. Nos ponemos nostálgicos a menudo recordando los juguetes con los que nos divertíamos en nuestra infancia o las series de dibujos animados que veíamos, e incluso ponemos muecas de cariño al recordar la tecnología que usábamos antaño. Pero luego nadie propicia que su hijo pequeño juegue al pilla-pilla, en la televisión se emiten mayoritariamente series en 3D y queremos tener el móvil con la pantalla más grande posible. Es decir, nos gusta recordar el pasado pero luego que se quede donde está, que no se mueva de ahí ni perturbe nuestro presente.

¿Qué nos ocurre entonces? Si consideramos que era más sano jugar con tus amigos en la calle con una pelota, ¿por qué comprarle a los niños videoconsolas y tablets? Si series como Heidi, Oliver y Benji o Delfy y sus amigos funcionaron para transmitir valores educativos, ¿por qué realizar series protagonizadas por niños que actúan como adultos? Y si fuimos felices con televisiones sin mando a distancia y con móviles que prácticamente sólo servían para llamar, ¿por qué estamos obsesionados con poseer aparatos de última tecnología?

Podría pensar que simplemente se trata del idealismo con el que miramos todo o a todos los que nos hicieron felices en un momento dado de nuestra vida, deleitándonos en el terreno seguro de lo que fue y ya no es, que no nos pide nada a cambio. Podría pensarlo; si no fuera porque estoy convencida de que, detrás de esa melancolía por lo vivido, hay un poso de verdad del que podemos aprender. Tal vez la clave esté en buscar el equilibrio entre lo nuevo y lo antiguo. En disfrutar del avance de la tecnología y de la información sin olvidar esas cosas que nunca quedarán obsoletas: jugar en la calle, merendar pan con aceite, hacer un puzzle, ver la televisión en familia.

No perdemos nada por intentarlo. Que el tiempo que nos debería parecer mejor es el presente.

martes, 22 de septiembre de 2015

Ojalá fuera sólo una película | Capítulo 1


Malditos vecinos

 



A veces la recurrida pregunta “¿qué te llevarías a una isla desierta?”  tiene una respuesta muy clara: cualquier cosa, menos vecinos. Y no se trata de un caso de comportamiento antisocial ni de exigencias incomprensibles; es cuestión de supervivencia. 

De acuerdo que no es necesario que nuestros vecinos nos den la bienvenida con tartas, al más puro estilo made in USA, pero demostrar un poquito de empatía sí que se agradecería. Algunas situaciones, como hacer ruido a horas inadecuadas, si suceden de forma aislada pueden recibir la etiqueta de “están dentro de la normalidad” porque la empatía debe circular en ambos sentidos. Pero cuando con frecuencia tu vecina del piso de arriba decide limpiar a las seis de la mañana y para ello arrastra todos los muebles posibles por el suelo o pone música con el suficiente volumen como para que se escuche en todo el edificio, entonces admite la etiqueta de “me gustaría explicarte qué es la educación”.

Lo que me resulta más triste es que, al final, los perjudicados somos los que aguantamos circunstancias adversas por no generar un conflicto. Y no sólo en el ámbito vecinal, sino en nuestro día a día. Flaco favor nos hacemos a nosotros mismos y a aquellos de quienes somos ejemplo, pues está comprobado que sin luchar no se consigue nada. Creo firmemente que con buenos modales se puede expresar absolutamente todo. Desde un “¿perdona, podrías bajar la música?” hasta un “disculpa, te has colado en la fila”. 

Es importante que no nos resignemos. Que se empieza soportando a un maldito vecino y se acaba haciendo lo mismo con un Presidente (no, no me refiero al de la Junta vecinal).

  • Película que da título al post: Malditos Vecinos (Neighbors). EE.UU.2014. Dir.: Nicholas Stoller. Puedes saber más datos sobre esta película consultando su ficha en filmaffinity